La inspiración

Yo siempre había oído que cuando mi prima Arancha terminó el instituto, no había querido estudiar. Estuvo trabajando en varios sitios, se casó, tuvo un hijo, se separó. Ahora trabaja en una confitería, sigue tan guapa como siempre, su hijo tiene ya doce años y hace ya algún tiempo que ella está en grupo de teatro que, parece ser, recibe muy buenas críticas en cada actuación. Hace unas semanas me sorprendió cuando me dijo que le habría encantado estudiar arte dramático en Madrid, pero que no fue posible por las circunstancias familiares y económicas. Pero no lo decía con rencor ni con amargura. Nunca sabes qué va a pasar ni dónde te va a llevar la vida, comentaba, y oye… no estudié en Madrid, ¡pero hago bombones!

Las personas como mi prima son una fuente de inspiración. Me encanta la gente alegre, positiva, que no se deja vencer por las dificultades.

Y me gusta también la gente que, cuando tiene una pasión, la cultiva. Aunque no pueda hacer de ello una profesión. Me gustan las señoras que cantan coplas mientras limpian la casa, los chicos que juegan al fútbol con sus amigos los domingos, los tuiteros que hacen fotos a todo lo que ven, las chicas que maquillan y peinan a sus amigas para entretenerse una tarde de sábado, toda esa gente que dedica su tiempo libre a cocinar cosas deliciosas, a idear disfraces de Carnaval, a escribir un blog.

Cuando tuve esa conversación con Arancha, se me había olvidado ya cuánto me gusta escribir. Se me había olvidado que  mi otra prima, Noelia (la hermana de Arancha) me había dicho cuando yo solo tenía trece años que nunca dejase de escribir porque lo que escribía podría acabar influyendo en la historia, al menos en mi propia historia. Se me había olvidado que Noelia, como casi siempre, había tenido razón y que las cosas que escribí (unas nostálgicas, intensas y tristes, locas, divertidas y absurdas otras) me habían hecho conocer mucha gente especial que había cambiado mi mundo y a mí misma.

En cuanto lo recordé, no pude pensar en otra cosa. Aunque durante mucho tiempo no se me había ocurrido qué escribir, de pronto había montones de cosas que quería compartir. Y ahora solo puedo pensar en cambiar la historia, mi propia historia, haciendo bombones.

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