Archivo | junio, 2012

La dieta del sentido común

18 Jun

Como el título indica, he decidido resucitar el blog hablándoos de las dietas y del sentido común. Pero antes voy a contaros una historia.

Yo era una cría normal que comía como una cría normal. Jamás salía de casa sin desayunar, a la hora de comer me comía lo que pusiera mi madre sin rechistar (a no ser que hubiera lentejas, judías verdes o callos) con un yogur o fruta de postre, merendaba bocadillos y a veces algo de fruta, y cenaba lo que me diera mi madre, con la fruta o el yogur de rigor. A veces mi madre compraba nocilla, chocolate o “cosas ricas” (magdalenas o cosas así) para desayunar y mis hermanos y yo (somos cuatro) lo devorábamos en tan poco tiempo que se enfadaba con nosotros y nos decía que no lo iba a volver a comprar más. Y tardábamos cosa de un mes en volver a catarlo. Odiaba el deporte en general y las clases de gimnasia en particular, pero jugaba en la calle, paseaba y en verano me pasaba los días nadando en la piscina. Supongo que tenía una cierta tendencia a engordar, teniendo en cuenta que casi todas mis compañeras de clase llevaban la misma vida que yo y estaban más delgadas.

Cuando entré en la adolescencia empecé a odiar comprar ropa sobre todas las cosas. Jamás había nada bonito que me sirviera. Ir a comprar ropa significaba pasar horas probándome cosas y yendo de tienda en tienda tratando de encontrar algo de mi talla. A menudo entraba en una horrible situación en la que la ropa de niña de mi edad no me servía, y la ropa de más mayor tampoco. Una por pequeña, otra por grande. Era un horror. Al final me quedaba no con lo que gustaba, si no con lo que me servía. Y eso fue haciendo cada vez más mella en mí y acabé cada vez más acomplejada.

Tenía yo unos 16 o 17 años cuando una amiga mía, un año menor, empezó a hacer una dieta. A ella le sobraban algunos kilos más que a mí cuando empezó y estaba cada vez más guapa… y cada vez le era más fácil encontrar ropa que le gustase. Un domingo, después de pasar un rato sentada con ella enfrente del kiosko de las gominolas mirando los pantalones que yo llevaba puestos (los detestaba profundamente) y los que llevaba ella, me dio un “repente” y me dije “coño, esto no te gusta pero se puede cambiar… si ella puede, ¿por qué tú no?”.

Al llegar a casa aquel día seguí a mi madre hasta su habitación y le dije (reconozco que con miedo a que me mandase a la mierda) que quería hacer dieta, como mi amiga. Me sorprendió que mi madre me tomó en serio a la primera.

– Si haces dieta vas a tener que comer muchas verduras.

– No me disgustan las verduras, mamá.

Y me dijo que le preguntase a mi amiga por su dieta, que bajo ningún concepto me iba a dar pastillas ni cosas raras, así que dependiendo de lo que me contase, me llevaba al mismo sitio o ya pensaría algo.

Y así es como acabé en la consulta de Montse.

Montse tiene una diplomatura en Nutrición y Dietética de la Universidad de Navarra. Es de Gijón aunque pasó la infancia cerca de mi pueblo. Y me enseñó tantas cosas que la voy a querer siempre.

Lo primero que hizo fue pedirme un análisis de sangre, más que nada para asegurarse de que estaba con una rosa y no tenía carencias ni excesos de nada. En la primera consulta me midió y me pesó. Me dijo que para mi altura (1,62m) lo ideal sería que no pesase nunca más de 60kg ni menos de 54kg. En aquel momento yo pesaba 64kg. Dijo que debería bajar a 60… que, a partir de ahí, era decisión mía (por supuesto, sin bajar de 54, claro). Yo había ido a jugar y le dije que mi meta eran los 54kg.

Pasé seis meses yendo a su consulta. Todas las veces me pesaba y me tomaba la tensión, charlaba conmigo (a veces mi amiga y yo íbamos juntas y nos poníamos a cotillear con Montse y nuestros padres nos tenían que sacar de su consulta casi a rastras), me felicitaba por mis logros, me regañaba cuando tenía que hacerlo… a veces me pedía que escribiese en una libreta lo que comía cada día (esto sobre todo cuando entramos en la etapa del mantenimiento).

Gracias a Montse comí por primera vez alcachofas, queso fresco, espinacas salteadas con jamón, pisto, champiñones al ajillo y algunas otras cosas deliciosas sin las que ahora no sabría vivir. Montse me enseñó que no hay alimentos malos, ni alimentos prohibidos, que se puede (y se debe) comer de todo. Todas las semanas comía pasta, arroz, legumbres, guisantes y patatas. Jamás me prohibió comer nada. Comí más verduras y más pescado que nunca, pero seguí comiendo carne. Dejé de comer porquerías, eso sí, y de robar chocolate de la despensa. Y, hablando de chocolate, lo mejor de Montse era la comprensión. Si un día llegabas allí y le decías que estabas al borde de una crisis porque echabas demasiado de menos el chocolate… en vez de gritarte y decirte “pues te jodes, porque estás a dieta y no puedes” te decía que desayunases leche con colacao en vez de descafeinado… que se te quitaría esa ansiedad. Y cuando una amiga tuya cumplía años, te decía que no fueras gilipollas y que comieras un trozo de tarta como todo el mundo. Y cuando todos tus amigos se iban a cenar una parrillada te decía “mujer, come pollo en vez de chorizo criollo y trata de comer más ensalada que patatas fritas, y ya está”. Cuando empecé con los exámenes en 2º de bachiller y me despertaba dos horas antes de lo normal para repasar, jamás puso el grito en el cielo porque desayunara dos veces. Al contrario, me dijo que era lo más lógico.

Nunca comí mejor, estuve más sana o fui más feliz que aquellos meses que fui a su consulta.

Cuando alcancé mi objetivo estaba exultante. Lo mejor de todo fue poder entrar en cualquier tienda, ir a por la talla 38 de cualquier cosa que me gustase y saber que me quedaría como un guante. Una vez los chavales de mi clase me vieron de lejos con un vestido que no conocían y empezaron a llamarme “tía buena” a voces hasta que uno de ellos se dio cuenta de quién era y les dijo “joder, callaos, que es Natalka”. Y me reí como creo que nunca me he vuelto a reír en la vida.

Así preciosa como estaba y tan acostumbradita ya a comer bien (lo de Montse, ahora lo entiendo mejor que antes, no era una dieta en el sentido usual de la palabra… era reeducar) llegué a la universidad. Mis padres, con su mejor intención, creyeron que lo mejor para mí sería estar en una residencia porque así no tendría que preocuparme de nada más que de estudiar.

Me daban de comer fatal allí. Y, ya que me daban de comer fatal, yo lo remataba comprándome donuts, chocolatinas en el cine… No dormía bien porque las chicas de la habitación de al lado no me dejaban. Tuve problemas familiares, malas notas, las amigas que había hecho a principio de curso dejaron de hablarme cuando dejé de vivir en la residencia. Empecé a comer cuando estaba triste, cuando estaba aburrida, cuando estaba frustrada. Entre unas cosas y otras gasté mucho dinero ese año y mi padre empezó a enviármelo con cuentagotas.

Y engordé, engordé mucho.

Intenté alguna vez volver a comer los menús de Montse, pero mis fondos no me permitían tantos pescados y verduritas. Las veces que se me ocurrió comprar unos billetes de autobús para ir a visitar a unas amigas a Madrid, por ejemplo, tuve que pasarme una semana entera comiendo pasta o arroz porque no me llegaba el dinero para otra cosa.

Intenté otras dietas alguna vez (fui a Naturhouse, por ejemplo), pero no funcionaron. Por muchos motivos (la escasez de fondos siempre entre los primeros) pero creo que, sobre todo, porque no creía en ellas. Después de Montse era incapaz de tener delante de mí a un tío que me prohibía comer arroz, patatas, pasta y legumbres. O que me reñía porque había tomado un té con dos rebanas de pan tostado integral con una cucharada de mermelada a las cinco de la mañana al levantarme a estudiar y a las ocho mi desayuno normal.

El caso que es que salí de la universidad con 40 kilos más de los que pesaba cuando entré. He vivido muchas de las cosas que Pétalo comentaba aquí. Y, sobre todo, muchas veces me ha dolido como una bofetada recordar algo que hace diez años le dije a mi madre recién salida de la consulta de Montse.

Nos cruzamos con una señora obesa. Se me abrieron los ojos como platos y medio horrorizada le dije:

– No sé cómo hay gente que está así con lo fácil que es adelgazar.

– No, no es tan fácil. Y cuanto más pasa el tiempo y mayor eres, más cuesta.

No, no es fácil. Porque si lo fuera yo no habría llegado a engordar tanto. La cuestión es que ahora que tengo trabajo tengo la esperanza de poder comer decentemente, de ser capaz de pagar esa comida. Y si comer bien supone salir menos o no viajar, lo aceptaré de buen grado.

Llevo casi dos semanas haciendo lo que Montse me dijo hace diez años que hiciera. Estoy comiendo de todo, me siento genial… feliz, con energía… y como muchas más veces al día de las que estaba acostumbrada últimamente. Llevaba tanto tiempo sin comer postre de ningún tipo que los yogures naturales me saben a gloria bendita.

Y ayer me pesé y descubrí que he adelgazado 1,5kg en la última semana. Comiendo. Comiendo bien.

Por fin he llegado a donde quería llegar.

Yo no soy médico, ni enfermera, ni nutricionista. Pero tengo mi sentido común y las enseñanzas de Montse (aunque estos años no las haya seguido no las he olvidado jamás) grabadas a fuego. Y necesito decir algo.

Las dietas milagro no existen.

Dejar de comer pasta, arroz, patatas y legumbres durante x tiempo para adelgazar o para adelgazar más rápido solo consigue dos cosas: que en cuanto empieces a comer normal vuelvas a engordar y, la mayoría de las veces, que pases tanta hambre que dejes la dieta.

Me parecen una absurdez y una gilipollez la dieta de la piña, la de la alcachofa, la del doctor nosequé y la del doctor nosecuántos, el pasarse días sin comer bebiendo zumo de nosequé. Las operaciones bikini en general.

Pero, lo dicho, yo no soy médico, ni soy nutricionista. Mi experiencia personal y mi sentido común me dicen que todas esas cosas son gilipolleces y que no sirven y que no son buenas. Para mí lo que funciona es comer de todo con moderación, comer cinco veces al día y beber al menos 1,5 litros de agua al día. Pero yo no soy quién para decirles a los demás lo que tienen que comer.

Esto lo digo porque en la cocina de la ofi he oído conversaciones a veces que dan auténtico pavor. En los ocho pisos de estudiantes en los que viví en Vigo nunca vi a nadie comer tan mal como veo a muchos compañeros. Y me parece estupendo que coman lo que quieran, pero es la leche oírles hablar como si supieran lo que dicen de que es sanísimo comer nosequé fruta justo después de zamparse un montón de tortitas con azúcar porque nosequé de unos ácidos que hacen nosequemás con las grasas. O que para comer sano lo que hay que hacer es eliminar los carbohidratos. Y yo me quedo a cuadros.

Nunca había comido tan mal (y teniendo en cuenta lo que he engordado estos años, es decir mucho) como estos meses en que hice caso de aquello de “allí donde fueres, haz lo que vieres”.

Nunca máis, amiguitos.

Por eso quiero dar las gracias a Montse y su dieta del sentido común. Nada de lo que me dijiste cayó en saco roto, aunque haya podido parecerlo.

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