Tarde

23 Abr

Me gusta mi trabajo. Me gusta un montón. Sobre todo, me gusta la gente con la que trabajo. Desde que aterricé aquí ha habido un montón de cambios porque unos se han ido, otros han llegado, otros han ascendido… Hace muy poquito quedó un hueco en un puesto de más responsabilidad que el que tengo, uno que me parece el paso lógico a seguir. No soy una persona ambiciosa en el sentido de que me puedan las ansias de dinero y poder, pero sí en que quiero aprender, avanzar, y eso pasa por aprovechar oportunidades como esta, así que solicité el puesto siendo muy consciente del reto que supone ya solo la entrevista. Pero contenta porque en mi empresa siempre lo van a ver como algo positivo, no como un “ha llegado hace dos días y ya se cree la reina del mundo” y porque cuando pasas por esta experiencia siempre te dicen qué has hecho bien y qué no, aunque no te cojan, para que aprendas y estés más preparado para la próxima.

Tenía esa entrevista hoy a las nueve de la mañana. El tranvía tardó siglos en llegar, perdí el tren y llegué veinte minutos tarde (porque cogí un autobús, si no habría llegado 45 minutos tarde). No sabéis cuánto deseé que se me tragara la tierra. O no haber solicitado el puesto. Porque lo que siento no es no conseguirlo, es haber dejado esa horrible impresión, haber hecho que cinco personas perdieran su tiempo. Y me siento más avergonzada aún porque en lugar de mandarme a la mierda han hecho encaje de bolillos para mover mi entrevista para mañana porque mi supervisora quiere darme esa oportunidad, porque quiere que pase por esa experiencia.

Me he pasado el día muerta de vergüenza y sintiéndome fatal, pero no es con eso con lo que quiero quedarme hoy.

Quiero quedarme con que Bartek me vio entrar con la supervisora en una sala de reuniones y salir de allí en unos pocos minutos, se quedó extrañado, le preguntó a Monika y ella le dijo que había llegado tarde a mi entrevista y seguramente hoy estuviese un poco hecha polvo… y él me abrió una ventanita en el messenger y me dijo que me fuera a desayunar con él y trató de hacerme sentir mejor. Con que Monika se mostró más que dispuesta a cambiar el turno conmigo mañana para que llegase a la entrevista. Con que Olga trató de consolarme también. Lo mejor de todo es Monika y Olga también han solicitado el puesto. Y, cuando has estudiado en una universidad en la que había gente que arrancaba los carteles en los que se anunciaba su profesora particular de alemán para negarles a otros la oportunidad de mejorar, esas cosas se valoran. Mucho.

Mi supervisora me ha dicho hoy que, si no me hubiera conocido, probablemente no me habría concedido esta segunda oportunidad, pero que me conoce y por eso quiere que la tenga. Supongo que, pese a la horrible impresión que uno causa llegando tarde, algo se queda también de esas veces en las que te ofreces voluntaria para hacer algo que nadie más quiere, las que te quedas después de tu hora sin necesidad de que te lo pidan para ayudar a un compañero… hasta todas esas veces que preguntas “¿cómo estás?” y te quedas suficiente tiempo esperando para oír la respuesta.

Por todos ellos, me gustaría dar mañana con las palabras mágicas para, como me dijo Bartek esta mañana, “kick their asses… but not literally!”

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