El (des)arraigo

21 Abr

Hace unos días Mirichán preguntaba sobre el (des)arraigo. Sentía curiosidad por saber dónde sentimos que está nuestra casa ya que, ella, por mucho que haya vivido en otros lugares, siente que su casa está en Asturias.

Supongo que no llevo el suficiente tiempo en Cracovia como para contestar a esa pregunta. Puede que lo a gusto que me encuentro aquí sea tan solo una ilusión. Pero, por otra parte, dejé Asturias en 2002 cuando me fui a estudiar a Galicia. Así que, aunque no tan lejos, creo que llevo el suficiente tiempo “expatriada” como para responder.

Resulta duro decirlo pero, durante años, no he tenido casa. Quizá esto no le pasa a todo el mundo pero, en mi caso, cuando dejé la casa de mis padres para irme a la universidad la perdí por completo. Estudiaba lo suficientemente lejos como para que fuera impensable volver solo para un fin de semana. Y en mi casa había mucha gente y poco espacio, así que cuando volvía en Navidad, Semana santa o verano, me encontraba el armario lleno de cosas de otras personas: la ropa de cazar de mi padre, las gaitas de mis hermanos, calzado que ya nadie utilizaba pero estaba nuevo y daba pena tirar. Mi madre se pasaba los veranos chillándome cada vez que se tropezaba con mi maleta o con mis apuntes por ahí pero ¿dónde iba a guardar mis cosas si ya no había espacio en mi armario? Mi hermana pequeña era una nómada en casa de mis padres. La habitación que yo compartía con mis hermanas tiene dos camas nido. Y el que ella durmiera en una cama o en otra dependía de cuántas estuviéramos en casa, porque habría sido un poco estúpido sacar todos los días una de las camas de abajo si ella estaba sola… así que cuando nosotras llegábamos, la pobre nómada tenía que cambiar de cama. Yo dormía en la misma cama siempre, sí, pero no tenía espacio en el armario y todo cambiaba a mi alrededor de una visita a otra. Los libros que había dejado en la estantería seguían ahí, pero siempre en otro sitio, rodeados de los libros de mi hermana y de objetos que yo no reconocía: figuritas, pendientes, muñecos, pósters, fotos y accesorios varios que fueron entrando en casa durante mi ausencia. Además de todo eso, me costaba reconocer como mío un lugar en el que no podía tener la libertad a la que estaba acostumbrada. Si mis hermanas llegaban con ganas de dormir, tenía que apagar la luz. Si yo estaba ya durmiendo y ellas llegaban de fiesta, me despertaban haciendo ruido mientras buscaban el pijama y, sin darse cuenta de que yo solo quería dormir, empezaban a contarme toda clase de cotilleos. Mis padres fuman. Mucho. Y como están en su casa, pueden hacer lo que quieran. Así que fuman sin descanso, sin importarles si están en el salón, en la cocina o en el baño. Toda mi ropa (mis vaqueros, mis camisetas, mis pijamas, mi abrigo, mis toallas, hasta mis bragas) olía a tabaco. A veces me pasaba los días tosiendo y estornudando. Cuando vivía en casa de forma permanente estaba acostumbrada a eso. Yo formaba parte de la rutina diaria. Todos veíamos la misma serie después de cenar, antes de irnos a dormir. Luego me fui de casa y todo cambió. A nadie le gustaba lo que yo quería ver en la tele. Yo detestaba lo que veían ellos. Y, por todo eso, aunque es mi familia y los quiero a todos, su casa ya no era mi casa.

Pero Vigo tampoco era mi casa. En muchas ocasiones los pisos de estudiantes eran lugares fríos que no podías sentir como un hogar, por mucho que te empeñases en comprar unas cuantas cosas bonitas para tu habitación. Otras veces era diferente, vivías con gente estupenda a la que le importabas y que compartía cosas contigo. Entonces era más fácil. Pero siempre faltaba algo. El piso de Vigo siempre era más mi casa que la casa de mis padres. Allí yo tenía cierto poder de decisión. Mi habitación era mi reino. Y en lo que concernía a las zonas comunes del piso, las decisiones se tomaban entre todos.

Pero echaba de menos Asturias. La echaba tanto de menos que a veces, si estaba un poco sensible, escuchaba a Víctor Manuel y rompía a llorar. Vigo es hermosa a su manera, azul, como el mar. Después de unos cuantos meses, de repente, yo echaba en falta el verde y las montañas. Echaba de menos el acento de Mieres que se le pega a mi madre cada vez que habla con mi tía por teléfono. Echaba de menos ciertas palabras que solo oía en casa de mis padres, en mi pueblo, a mis amigos de Oviedo. A veces me daban ganas de llorar porque nadie sabía qué era una casadiella y no me entendían si decía balde, tajalápiz, arto o folgueira. De pronto no soportaba que me dijeran que tenía el pelo rizo y no rizado. Y necesitaba respirar aire puro, pasear entre prados verdes en lugar de bloques de edificios, el cocido de fabas, patatas y berzas de mi madre.

De todas formas, uno se acostumbra a todo. Después, cuando llevaba más de una semana en casa de mis padres, me moría de ganas por volver a mi habitación, por meter toda la ropa en la lavadora y dejar la maleta ventilando en el balcón, por sentarme en el sofá a ver las series que me gustaban con mis compañeras de piso, de pasear por Gran Vía, Urzáiz o Príncipe y ver gente (en mi pueblo, sobre todo en invierno, solo faltan los rastrojos esos que salen rodando en las películas del oeste). La primera vez que viví en Cracovia, entre octubre de 2008 y junio de 2009, aunque me encantaba estar aquí, también llegó un momento en que lo eché de menos. Echaba de menos cosas que nunca habría pensado: oír hablar gallego, las señoras que se subían al autobús con los grelos saliéndose de la bolsa de la compra, las chicas de la universidad quejándose del frío a 14ºC. También eché de menos Asturias, aunque no con la desesperación con la que lo hacía estando en Galicia.

Y luego volví a España. Volví a pasar dos cursos en Vigo y vacaciones en Asturias. Y me volvió a pasar lo mismo, con la diferencia de que esta vez también echaba de menos Cracovia. Las hojas secas en octubre, el río, el castillo, Rynek, la nieve, el frío, el sol en junio, los niños del colegio, mis amigos, las cervezas de medio litro, los tés, los tranvías, los parques, alguien que entendiera las cuatro cosas que sabía decir en polaco, pierniki, pierogi… y tantas otras cosas.

Teniendo esto en cuenta quizá podría decirse que en realidad no tengo casa. Que no tengo hogar desde los 18 años. O que tengo varios. Pero, en el fondo, yo creo que la casa de uno es el lugar donde se siente seguro, tranquilo, feliz. Yo soy quien soy por las personas que he conocido y también por los lugares en los que he vivido. He crecido comiendo fabada, tortilla de patatas, requesón con miel de brezo, frixuelos en Carnaval y casadielles en Navidad. Y después conocí el lacón con grelos, un repollo diferente al que hacía mi madre, la zorza, la bica y las empanadas de bacalao con pasas. Y más tarde llegaron el kompot, los pierogi, los ogórki hasta para desayunar, la omnipresente kapusta, las zapiekankas. Me he emborrachado con crema de orujo, con sidra, con licor café, con albariño, con cerveza y con vodka. He vivido en las montañas, junto al mar, y al lado de un río precioso. Y todas esas cosas, y esas experiencias, me han hecho quien soy ahora. Y en ocasiones las echo de menos. Pero mi casa, mi hogar, es ese sitio donde estoy segura, tranquila, feliz… Y ahora mismo es Cracovia. Tengo muchos motivos: estoy irremediablemente enamorada de este lugar, aquí tengo un trabajo que me encanta y me ha dado la oportunidad de ser libre, de ser yo misma. Y aquí tengo un pequeño refugio, un sitio en el que soy reina y señora, donde yo decido, donde yo pongo las reglas. Aquí no tengo padres ni hermanos, ni compañeras de piso que vuelvan de las rebajas enseñándome sus compras con grititos de alegría, no hay pulpo  ni albariño, no hay sidra ni empanada de manzana, no hay mar, no están mis montañas… pero es mi casa.

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4 comentarios to “El (des)arraigo”

  1. Mirichan 21 de abril de 2012 a 10:19 PM #

    Muchas gracias por este post! Me ha encantado leerlo. Me doy venta de que has heco tuya la frase de que tu casa es donde tu estés. Y aunque tiene sus inconvenientes también tiene ventajas

    Genial el los en wordpress… Al reader pero ya!

    • Natalka 21 de abril de 2012 a 10:32 PM #

      Gracias a ti, por inspirarme siempre con tu blog.

      :*

  2. mortiziia 23 de abril de 2012 a 9:58 PM #

    Hola, he llegado a ti precisamente por el blog de Miri y también me ha encantado esta entrada. Me siento muy, muy identificada con la situación que describes de la casa de tus padres cuando te fuiste a estudiar y volvías en las vacaciones.

    • ... (@tylkonatalka) 4 de junio de 2012 a 4:08 PM #

      Hola, Mortiziia… siento haber tardado tantísimo en contestar, estoy en una época un poco inconstante y he dejado el blog de lado desde abril…
      Creo que eso es algo que nos pasa a casi todos cuando nos vamos a estudiar fuera de casa, al menos yo me he encontrado con pocos casos en los que no haya sido así…

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