Archivo | abril, 2012

Tarde

23 Abr

Me gusta mi trabajo. Me gusta un montón. Sobre todo, me gusta la gente con la que trabajo. Desde que aterricé aquí ha habido un montón de cambios porque unos se han ido, otros han llegado, otros han ascendido… Hace muy poquito quedó un hueco en un puesto de más responsabilidad que el que tengo, uno que me parece el paso lógico a seguir. No soy una persona ambiciosa en el sentido de que me puedan las ansias de dinero y poder, pero sí en que quiero aprender, avanzar, y eso pasa por aprovechar oportunidades como esta, así que solicité el puesto siendo muy consciente del reto que supone ya solo la entrevista. Pero contenta porque en mi empresa siempre lo van a ver como algo positivo, no como un “ha llegado hace dos días y ya se cree la reina del mundo” y porque cuando pasas por esta experiencia siempre te dicen qué has hecho bien y qué no, aunque no te cojan, para que aprendas y estés más preparado para la próxima.

Tenía esa entrevista hoy a las nueve de la mañana. El tranvía tardó siglos en llegar, perdí el tren y llegué veinte minutos tarde (porque cogí un autobús, si no habría llegado 45 minutos tarde). No sabéis cuánto deseé que se me tragara la tierra. O no haber solicitado el puesto. Porque lo que siento no es no conseguirlo, es haber dejado esa horrible impresión, haber hecho que cinco personas perdieran su tiempo. Y me siento más avergonzada aún porque en lugar de mandarme a la mierda han hecho encaje de bolillos para mover mi entrevista para mañana porque mi supervisora quiere darme esa oportunidad, porque quiere que pase por esa experiencia.

Me he pasado el día muerta de vergüenza y sintiéndome fatal, pero no es con eso con lo que quiero quedarme hoy.

Quiero quedarme con que Bartek me vio entrar con la supervisora en una sala de reuniones y salir de allí en unos pocos minutos, se quedó extrañado, le preguntó a Monika y ella le dijo que había llegado tarde a mi entrevista y seguramente hoy estuviese un poco hecha polvo… y él me abrió una ventanita en el messenger y me dijo que me fuera a desayunar con él y trató de hacerme sentir mejor. Con que Monika se mostró más que dispuesta a cambiar el turno conmigo mañana para que llegase a la entrevista. Con que Olga trató de consolarme también. Lo mejor de todo es Monika y Olga también han solicitado el puesto. Y, cuando has estudiado en una universidad en la que había gente que arrancaba los carteles en los que se anunciaba su profesora particular de alemán para negarles a otros la oportunidad de mejorar, esas cosas se valoran. Mucho.

Mi supervisora me ha dicho hoy que, si no me hubiera conocido, probablemente no me habría concedido esta segunda oportunidad, pero que me conoce y por eso quiere que la tenga. Supongo que, pese a la horrible impresión que uno causa llegando tarde, algo se queda también de esas veces en las que te ofreces voluntaria para hacer algo que nadie más quiere, las que te quedas después de tu hora sin necesidad de que te lo pidan para ayudar a un compañero… hasta todas esas veces que preguntas “¿cómo estás?” y te quedas suficiente tiempo esperando para oír la respuesta.

Por todos ellos, me gustaría dar mañana con las palabras mágicas para, como me dijo Bartek esta mañana, “kick their asses… but not literally!”

Esperanza

22 Abr

Sé muy pocas cosas de mis abuelos y es algo que me da mucha pena. Por circunstancias de la vida nunca he pasado mucho tiempo con ellos y las visitas se han ido espaciando en el tiempo cada vez más a medida que me hacía mayor. De niña recuerdo que una de mis abuelas me contaba historias de cuando era pequeña y a mí me encantaba, pero después, cuando fui creciendo, me parecía impertinente aparecer por su casa e interrumpir cualquier conversación, por intrascendental que fuera, para pedir que me contara más cosas. Y me temo que, en general, nadie en mi familia ha sido mucho de contar su historia. Mis padres solían contarme las trastadas que hacían de pequeños (especialmente mi madre, mi padre siempre hacía más hincapié en lo  formal y buen estudiante que había sido), a mi padre le encanta recordar aquella época en que (siempre según él) traía a todas las chicas locas… pero nunca he conseguido que mi madre me contara, por ejemplo, si había tenido más novios además de mi padre. Me da pena porque me encanta que me cuenten cosas, saber cómo eran, qué querían, qué sentían… pero en el caso de mis abuelos esa falta de información es mucho mayor y mucho más triste.

Mi abuela Esperanza murió la semana pasada y todo lo que puedo decir de ella es que le encantaba hacer ganchillo y ver las telenovelas que ponen en TVE después de comer. Que siempre le gustaron mucho las plantas y hasta hace unos pocos años, solo con ver una foto de una, era capaz de decirte su nombre y cómo debías cuidar de ella. Que era muy devota de la virgen de Fátima y siempre le pedía que nos diese salud y nos fueran bien los exámenes. Que, antes de que se fuera a vivir con mi abuelo a casa de mi tía, siempre tenía preparadas en casa unas bolsas con gominolas y chocolatinas para cuando íbamos de visita. Y siempre nos pedía que le dejáramos algunas gominolas a mi padre, porque sabía que aquellas en concreto le gustaban. Le gustaba muchísimo Chenoa y Bisbal también, al principio. Cuando él la dejó mi abuela aprovechaba cualquier ocasión para ponerlo verde… era como si hubiera hecho daño a una de sus nietas. La casa de mis abuelos parecía un bazar: estaba llena de figuritas, relojes, plantas (tanto de verdad como de plástico) y trastos varios.  De pequeña siempre quiso una muñeca pero no pudo tenerla y hace unos años, por Reyes, le regalaron la muñeca de la infanta Leonor y la miraba como si fuera el mayor de los tesoros.

También sé, por los trocitos de información que he ido recopilando aquí y allá, que era cinco años mayor que mi abuelo. No estoy del todo segura, pero creo que se casó alrededor de los 30 años. Tuvo dos hijas, cinco nietas, un nieto y dos bisnietos. En su casa eran 12 hermanos. Su padre era muy alto y su madre muy conocida en la zona porque bailaba muy bien. Su madre salió de extra en la película Marianela y, cuando murió, la noticia salió en el periódico (ya os digo que era conocida). Durante la guerra, o justo después, pasaron mucha hambre en su casa. He oído que alguna vez tuvo que comer mondas de patatas. Y que su padre estuvo en la cárcel por pertenecer a un sindicato y que, como no tenían para comer, su madre una vez salió a pedir a la calle y le dio tanta vergüenza que no pudo hacerlo y volvió a casa con un ramo de flores. Conoció a mi abuelo en Salamanca cuando fue a trabajar allí y después volvieron a Asturias, se casaron y él empezó a trabajar en la mina. Creo que en más de una ocasión tuvo que correr delante de los grises, por protestar por la situación de los mineros.  Aunque yo siempre la he conocido como una señora mayor, sé que era muy guapa porque la he visto en fotos.

Ha vivido 91 años. No tuvo una vida fácil, pero estoy segura de que fue muy feliz. Y yo, lo que más siento, es no saber más cosas de ella. No haber preguntado nunca cómo conoció a mi abuelo, cuánto tiempo fueron novios antes de casarse, si le gustaba Salamanca, a qué le gustaba jugar de niña o si ella también sabía bailar como su madre.

Pero, aunque haya muchas cosas que no sé, hay otras que van a estar siempre en mi memoria. Y, por eso, aunque Esperanza se haya ido, yo no la pierdo.

El (des)arraigo

21 Abr

Hace unos días Mirichán preguntaba sobre el (des)arraigo. Sentía curiosidad por saber dónde sentimos que está nuestra casa ya que, ella, por mucho que haya vivido en otros lugares, siente que su casa está en Asturias.

Supongo que no llevo el suficiente tiempo en Cracovia como para contestar a esa pregunta. Puede que lo a gusto que me encuentro aquí sea tan solo una ilusión. Pero, por otra parte, dejé Asturias en 2002 cuando me fui a estudiar a Galicia. Así que, aunque no tan lejos, creo que llevo el suficiente tiempo “expatriada” como para responder.

Resulta duro decirlo pero, durante años, no he tenido casa. Quizá esto no le pasa a todo el mundo pero, en mi caso, cuando dejé la casa de mis padres para irme a la universidad la perdí por completo. Estudiaba lo suficientemente lejos como para que fuera impensable volver solo para un fin de semana. Y en mi casa había mucha gente y poco espacio, así que cuando volvía en Navidad, Semana santa o verano, me encontraba el armario lleno de cosas de otras personas: la ropa de cazar de mi padre, las gaitas de mis hermanos, calzado que ya nadie utilizaba pero estaba nuevo y daba pena tirar. Mi madre se pasaba los veranos chillándome cada vez que se tropezaba con mi maleta o con mis apuntes por ahí pero ¿dónde iba a guardar mis cosas si ya no había espacio en mi armario? Mi hermana pequeña era una nómada en casa de mis padres. La habitación que yo compartía con mis hermanas tiene dos camas nido. Y el que ella durmiera en una cama o en otra dependía de cuántas estuviéramos en casa, porque habría sido un poco estúpido sacar todos los días una de las camas de abajo si ella estaba sola… así que cuando nosotras llegábamos, la pobre nómada tenía que cambiar de cama. Yo dormía en la misma cama siempre, sí, pero no tenía espacio en el armario y todo cambiaba a mi alrededor de una visita a otra. Los libros que había dejado en la estantería seguían ahí, pero siempre en otro sitio, rodeados de los libros de mi hermana y de objetos que yo no reconocía: figuritas, pendientes, muñecos, pósters, fotos y accesorios varios que fueron entrando en casa durante mi ausencia. Además de todo eso, me costaba reconocer como mío un lugar en el que no podía tener la libertad a la que estaba acostumbrada. Si mis hermanas llegaban con ganas de dormir, tenía que apagar la luz. Si yo estaba ya durmiendo y ellas llegaban de fiesta, me despertaban haciendo ruido mientras buscaban el pijama y, sin darse cuenta de que yo solo quería dormir, empezaban a contarme toda clase de cotilleos. Mis padres fuman. Mucho. Y como están en su casa, pueden hacer lo que quieran. Así que fuman sin descanso, sin importarles si están en el salón, en la cocina o en el baño. Toda mi ropa (mis vaqueros, mis camisetas, mis pijamas, mi abrigo, mis toallas, hasta mis bragas) olía a tabaco. A veces me pasaba los días tosiendo y estornudando. Cuando vivía en casa de forma permanente estaba acostumbrada a eso. Yo formaba parte de la rutina diaria. Todos veíamos la misma serie después de cenar, antes de irnos a dormir. Luego me fui de casa y todo cambió. A nadie le gustaba lo que yo quería ver en la tele. Yo detestaba lo que veían ellos. Y, por todo eso, aunque es mi familia y los quiero a todos, su casa ya no era mi casa.

Pero Vigo tampoco era mi casa. En muchas ocasiones los pisos de estudiantes eran lugares fríos que no podías sentir como un hogar, por mucho que te empeñases en comprar unas cuantas cosas bonitas para tu habitación. Otras veces era diferente, vivías con gente estupenda a la que le importabas y que compartía cosas contigo. Entonces era más fácil. Pero siempre faltaba algo. El piso de Vigo siempre era más mi casa que la casa de mis padres. Allí yo tenía cierto poder de decisión. Mi habitación era mi reino. Y en lo que concernía a las zonas comunes del piso, las decisiones se tomaban entre todos.

Pero echaba de menos Asturias. La echaba tanto de menos que a veces, si estaba un poco sensible, escuchaba a Víctor Manuel y rompía a llorar. Vigo es hermosa a su manera, azul, como el mar. Después de unos cuantos meses, de repente, yo echaba en falta el verde y las montañas. Echaba de menos el acento de Mieres que se le pega a mi madre cada vez que habla con mi tía por teléfono. Echaba de menos ciertas palabras que solo oía en casa de mis padres, en mi pueblo, a mis amigos de Oviedo. A veces me daban ganas de llorar porque nadie sabía qué era una casadiella y no me entendían si decía balde, tajalápiz, arto o folgueira. De pronto no soportaba que me dijeran que tenía el pelo rizo y no rizado. Y necesitaba respirar aire puro, pasear entre prados verdes en lugar de bloques de edificios, el cocido de fabas, patatas y berzas de mi madre.

De todas formas, uno se acostumbra a todo. Después, cuando llevaba más de una semana en casa de mis padres, me moría de ganas por volver a mi habitación, por meter toda la ropa en la lavadora y dejar la maleta ventilando en el balcón, por sentarme en el sofá a ver las series que me gustaban con mis compañeras de piso, de pasear por Gran Vía, Urzáiz o Príncipe y ver gente (en mi pueblo, sobre todo en invierno, solo faltan los rastrojos esos que salen rodando en las películas del oeste). La primera vez que viví en Cracovia, entre octubre de 2008 y junio de 2009, aunque me encantaba estar aquí, también llegó un momento en que lo eché de menos. Echaba de menos cosas que nunca habría pensado: oír hablar gallego, las señoras que se subían al autobús con los grelos saliéndose de la bolsa de la compra, las chicas de la universidad quejándose del frío a 14ºC. También eché de menos Asturias, aunque no con la desesperación con la que lo hacía estando en Galicia.

Y luego volví a España. Volví a pasar dos cursos en Vigo y vacaciones en Asturias. Y me volvió a pasar lo mismo, con la diferencia de que esta vez también echaba de menos Cracovia. Las hojas secas en octubre, el río, el castillo, Rynek, la nieve, el frío, el sol en junio, los niños del colegio, mis amigos, las cervezas de medio litro, los tés, los tranvías, los parques, alguien que entendiera las cuatro cosas que sabía decir en polaco, pierniki, pierogi… y tantas otras cosas.

Teniendo esto en cuenta quizá podría decirse que en realidad no tengo casa. Que no tengo hogar desde los 18 años. O que tengo varios. Pero, en el fondo, yo creo que la casa de uno es el lugar donde se siente seguro, tranquilo, feliz. Yo soy quien soy por las personas que he conocido y también por los lugares en los que he vivido. He crecido comiendo fabada, tortilla de patatas, requesón con miel de brezo, frixuelos en Carnaval y casadielles en Navidad. Y después conocí el lacón con grelos, un repollo diferente al que hacía mi madre, la zorza, la bica y las empanadas de bacalao con pasas. Y más tarde llegaron el kompot, los pierogi, los ogórki hasta para desayunar, la omnipresente kapusta, las zapiekankas. Me he emborrachado con crema de orujo, con sidra, con licor café, con albariño, con cerveza y con vodka. He vivido en las montañas, junto al mar, y al lado de un río precioso. Y todas esas cosas, y esas experiencias, me han hecho quien soy ahora. Y en ocasiones las echo de menos. Pero mi casa, mi hogar, es ese sitio donde estoy segura, tranquila, feliz… Y ahora mismo es Cracovia. Tengo muchos motivos: estoy irremediablemente enamorada de este lugar, aquí tengo un trabajo que me encanta y me ha dado la oportunidad de ser libre, de ser yo misma. Y aquí tengo un pequeño refugio, un sitio en el que soy reina y señora, donde yo decido, donde yo pongo las reglas. Aquí no tengo padres ni hermanos, ni compañeras de piso que vuelvan de las rebajas enseñándome sus compras con grititos de alegría, no hay pulpo  ni albariño, no hay sidra ni empanada de manzana, no hay mar, no están mis montañas… pero es mi casa.

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