The Mystery of Mercy Close

9 Nov

Soy muy fan de Marian Keyes. La primera vez que un libro suyo cayó en mis manos, hace cosa de unos cinco años, no podía explicarme cómo había conseguido vivir sin ella hasta entonces. Aquel primer libro fue Claire se queda sola. No había leído nada de ese estilo antes, así que para mí fue una tremenda novedad. Y me desternillé de risa. Así que me aficioné y me puse a buscar más cosas de esta mujer. Me encantaba cómo encontraba el humor en pequeñas cosas, cómo las protagonistas de sus historias confesaban sin pudor cosas que a mí me habían pasado alguna vez pero jamás me habría atrevido a contar a nadie (como ese que día que te encuentras con que tienes todas las bragas en el cesto de la ropa sucia porque llevas una semana pensándote si poner la lavadora o no y acabas saliendo de casa con la parte de abajo del bikini), cómo se reía de todo y el hecho de que, aunque al final fuesen esas típicas historias de chica conoce chico, blablablá… no eran ñoñas.

Mis favoritas desde siempre fueron las hermanas Walsh. Leí y releí las historias de Claire (Claire se queda sola, Watermelon), Maggie (Maggie ve la luz, Angels), Rachel (Rachel se va de viaje, Rachel’s Holiday) y Anna (¿Hay alguien ahí fuera?, Anybody Out There?) en español y en inglés. Las adoro. Me encantaría poder aparecerme en la casa de sus padres y encontrarlas a todas enzarzadas en una discusión absurda, comiendo chocolatinas y Cornetos como si no hubiera mañana. Me siento identificada con todas ellas, como si cada una tuviera parte de mí (o porque estoy tan tarada que tengo parte de la locura de todas y un poquito más).

Unos de mis momentos favoritos en aquellos libros eran las apariciones de Helen. Porque Helen, tan egoísta, tan cruel, tan brutalmente sincera, tan segura de sí misma… aunque hiciese sufrir a sus hermanas, era hilarante. Después de leerme la historia de Anna pensé… la siguiente tiene que ser Helen, seguro. Pero el siguiente libro no fue sobre ella.

Yo ya había perdido la esperanza cuando hace unas semanas leí en Twitter (a Yamane, creo) que ¡por fin! teníamos un libro sobre Helen Walsh. Creí que tendría que esperar a Navidad para conseguirlo, pero gracias a Bich me hice con él ese mismo día y empecé a leerlo. Tardé tres días y estoy convencida de que fue porque no tengo tele y además no me funcionaba internet. Si hubiera tenido cualquier otra distracción no lo hubiera leído tan rápido. O quizá sí, porque estaba desesperada por encontrar la chicha por algún lado. ¿Dónde estaba la Helen tremenda que había conocido en Watermelon, Angels, Rachel’s Holiday y Anybody out there? ? ¿Por qué no aparecen nada sus hermanas? (Aparte de los brevísimos y tristes cameos de Claire y Maggie) ¿Por qué las nombra así solo de pasada? ¿Por qué no hay llamadas de teléfono ni emails de Anna y Rachel? ¿Dónde está la Helen borde y divertida?

Me ha decepcionado muchísimo. No puedo decir que no me ha gustado nada porque quizá, si no hubiera conocido a ninguno de los personajes antes, si no tuviera expectativas, tendría una mejor opinión de él, aunque no habría estado entre mis favoritos. O no. No lo sé. Lo que está claro es que yo me esperaba otra cosa. Me esperaba una Helen tremenda, borde, fuerte, saliéndose con la suya, me esperaba muchos momentos con sus hermanas, me esperaba reírme lo más grande. Pero nada. Me he quedado a medias.

De hecho, creo que lo más divertido fueron los minutos que pasé pensando  a cuál de los Backstreet Boys pondría la etiqueta de the Talented One, the Cute One, the Gay One, the Wacky One… Lo que veo claro es que Howie sería the Other One.

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¿Qué vas a pedir a los Reyes Magos este año?

8 Nov

No creo que haya escrito más de cuatro cartas a los Reyes Magos en mi vida y, sin embargo, siempre que he tenido un blog me ha encantado escribir una entrada contándolo… incluso aunque sepa que ninguna de las personas que podría hacer realidad mis deseos va a leerme, incluso aunque sabía que no habría regalos para mí. Puede que, en el fondo, aún crea en la magia de ese día y, mientras lo escribo, puedo soñar con un día de Reyes perfecto.

Hace muchos años que en mi casa no hay regalos de Reyes. Ya no hay emoción, ni se madruga, ni nada. Cuando mi madre se levanta nos da un sobre con dinero a cada uno y nos explica “esto es de tu abuela, esto de tu otra abuela, esto de tu tía, esto de nuestra parte… y no te lo gastes en tonterías, cómprate ropa en las rebajas, que es lo que te hace falta”. (Y nosotros teníamos prohibidísimo hacer regalos.) Al menos ese es el recuerdo que tengo de los últimos Reyes que pasé en casa de mis padres. Para los del 2012 ni siquiera estuve en España, pero invité a Susanna a comer y nos intercambiamos regalos… una cosa modesta, pero es genial la sensación de ver tus paquetitos envueltos en papel de regalo, abrirlos y descubrir algo bonito ahí dentro. Unos días más tarde, llegó de parte de mis padres mi pota mágica. Estuve mucho tiempo insistiendo en que la quería y al final me la enviaron. Lo mejor de todo fue que debajo de ese papel marrón mi padre me la había envuelto en papel de regalo. Casi lloro de la emoción.Imagen

Este año voy a pasar la Navidad en España, pero para Reyes ya habré vuelto. Tampoco tendré a Susanna porque ha vuelto a Finlandia… pero yo sigo queriendo creer que, de una forma u otra, ellos me encontrarán. Puede que mi madre vuelva a darme un sobre con dinero, puede que mi tía tome nota de mis comentarios en Facebook, puede que… ¡puede que Melchor, Gaspar y Baltasar estén leyendo mi blog ahora mismo!

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El 6 de enero de 2013 me gustaría encontrar:

Un lector de libros electrónicos. De hecho, aún no sé cuál quiero. ¿Un Kindle? ¿Cuál es mejor? ¿Cuál debería empezar a publicar en Facebook? Siempre me ha gustado muchísimo leer, pero últimamente no lo hago mucho. Y una de las principales razones es que los libros que me gustan no los encuentro en las  bibliotecas y me da cosa comprar libros y no saber dónde meterlos luego.

– El libro Los tesoros de Sergio Dalma. Sé que es una contradicción después del párrafo anterior, pero… A ver, ¡es Sergio Dalma! Sería feliz teniendo ese libro en casa y mirando las fotos de vez en cuando.

Una sonrisa de Leo.

– Un montón de paciencia para mi madre, para que me enseñe a tejer.

– Una práctica de conducir con mi padre.

– Que repongan Doña Bárbara, para verla con mi hermana pequeña y morirnos de risa.

Bueno, claro, unos euritos para ayudar a terminar de pagar las clases de conducir y unos chorizos, morcillas y latas de calamares en salsa americana serían muy bien recibidos… pero esas son las cosas que, ahora mismo, más me apetece tener.

¿Y a ti? ¿Qué te gustaría tener el día de Reyes?

P.S.: Las galletas de la segunda foto fueron un regalo de Yamane :__)

La dieta del sentido común

18 Jun

Como el título indica, he decidido resucitar el blog hablándoos de las dietas y del sentido común. Pero antes voy a contaros una historia.

Yo era una cría normal que comía como una cría normal. Jamás salía de casa sin desayunar, a la hora de comer me comía lo que pusiera mi madre sin rechistar (a no ser que hubiera lentejas, judías verdes o callos) con un yogur o fruta de postre, merendaba bocadillos y a veces algo de fruta, y cenaba lo que me diera mi madre, con la fruta o el yogur de rigor. A veces mi madre compraba nocilla, chocolate o “cosas ricas” (magdalenas o cosas así) para desayunar y mis hermanos y yo (somos cuatro) lo devorábamos en tan poco tiempo que se enfadaba con nosotros y nos decía que no lo iba a volver a comprar más. Y tardábamos cosa de un mes en volver a catarlo. Odiaba el deporte en general y las clases de gimnasia en particular, pero jugaba en la calle, paseaba y en verano me pasaba los días nadando en la piscina. Supongo que tenía una cierta tendencia a engordar, teniendo en cuenta que casi todas mis compañeras de clase llevaban la misma vida que yo y estaban más delgadas.

Cuando entré en la adolescencia empecé a odiar comprar ropa sobre todas las cosas. Jamás había nada bonito que me sirviera. Ir a comprar ropa significaba pasar horas probándome cosas y yendo de tienda en tienda tratando de encontrar algo de mi talla. A menudo entraba en una horrible situación en la que la ropa de niña de mi edad no me servía, y la ropa de más mayor tampoco. Una por pequeña, otra por grande. Era un horror. Al final me quedaba no con lo que gustaba, si no con lo que me servía. Y eso fue haciendo cada vez más mella en mí y acabé cada vez más acomplejada.

Tenía yo unos 16 o 17 años cuando una amiga mía, un año menor, empezó a hacer una dieta. A ella le sobraban algunos kilos más que a mí cuando empezó y estaba cada vez más guapa… y cada vez le era más fácil encontrar ropa que le gustase. Un domingo, después de pasar un rato sentada con ella enfrente del kiosko de las gominolas mirando los pantalones que yo llevaba puestos (los detestaba profundamente) y los que llevaba ella, me dio un “repente” y me dije “coño, esto no te gusta pero se puede cambiar… si ella puede, ¿por qué tú no?”.

Al llegar a casa aquel día seguí a mi madre hasta su habitación y le dije (reconozco que con miedo a que me mandase a la mierda) que quería hacer dieta, como mi amiga. Me sorprendió que mi madre me tomó en serio a la primera.

– Si haces dieta vas a tener que comer muchas verduras.

– No me disgustan las verduras, mamá.

Y me dijo que le preguntase a mi amiga por su dieta, que bajo ningún concepto me iba a dar pastillas ni cosas raras, así que dependiendo de lo que me contase, me llevaba al mismo sitio o ya pensaría algo.

Y así es como acabé en la consulta de Montse.

Montse tiene una diplomatura en Nutrición y Dietética de la Universidad de Navarra. Es de Gijón aunque pasó la infancia cerca de mi pueblo. Y me enseñó tantas cosas que la voy a querer siempre.

Lo primero que hizo fue pedirme un análisis de sangre, más que nada para asegurarse de que estaba con una rosa y no tenía carencias ni excesos de nada. En la primera consulta me midió y me pesó. Me dijo que para mi altura (1,62m) lo ideal sería que no pesase nunca más de 60kg ni menos de 54kg. En aquel momento yo pesaba 64kg. Dijo que debería bajar a 60… que, a partir de ahí, era decisión mía (por supuesto, sin bajar de 54, claro). Yo había ido a jugar y le dije que mi meta eran los 54kg.

Pasé seis meses yendo a su consulta. Todas las veces me pesaba y me tomaba la tensión, charlaba conmigo (a veces mi amiga y yo íbamos juntas y nos poníamos a cotillear con Montse y nuestros padres nos tenían que sacar de su consulta casi a rastras), me felicitaba por mis logros, me regañaba cuando tenía que hacerlo… a veces me pedía que escribiese en una libreta lo que comía cada día (esto sobre todo cuando entramos en la etapa del mantenimiento).

Gracias a Montse comí por primera vez alcachofas, queso fresco, espinacas salteadas con jamón, pisto, champiñones al ajillo y algunas otras cosas deliciosas sin las que ahora no sabría vivir. Montse me enseñó que no hay alimentos malos, ni alimentos prohibidos, que se puede (y se debe) comer de todo. Todas las semanas comía pasta, arroz, legumbres, guisantes y patatas. Jamás me prohibió comer nada. Comí más verduras y más pescado que nunca, pero seguí comiendo carne. Dejé de comer porquerías, eso sí, y de robar chocolate de la despensa. Y, hablando de chocolate, lo mejor de Montse era la comprensión. Si un día llegabas allí y le decías que estabas al borde de una crisis porque echabas demasiado de menos el chocolate… en vez de gritarte y decirte “pues te jodes, porque estás a dieta y no puedes” te decía que desayunases leche con colacao en vez de descafeinado… que se te quitaría esa ansiedad. Y cuando una amiga tuya cumplía años, te decía que no fueras gilipollas y que comieras un trozo de tarta como todo el mundo. Y cuando todos tus amigos se iban a cenar una parrillada te decía “mujer, come pollo en vez de chorizo criollo y trata de comer más ensalada que patatas fritas, y ya está”. Cuando empecé con los exámenes en 2º de bachiller y me despertaba dos horas antes de lo normal para repasar, jamás puso el grito en el cielo porque desayunara dos veces. Al contrario, me dijo que era lo más lógico.

Nunca comí mejor, estuve más sana o fui más feliz que aquellos meses que fui a su consulta.

Cuando alcancé mi objetivo estaba exultante. Lo mejor de todo fue poder entrar en cualquier tienda, ir a por la talla 38 de cualquier cosa que me gustase y saber que me quedaría como un guante. Una vez los chavales de mi clase me vieron de lejos con un vestido que no conocían y empezaron a llamarme “tía buena” a voces hasta que uno de ellos se dio cuenta de quién era y les dijo “joder, callaos, que es Natalka”. Y me reí como creo que nunca me he vuelto a reír en la vida.

Así preciosa como estaba y tan acostumbradita ya a comer bien (lo de Montse, ahora lo entiendo mejor que antes, no era una dieta en el sentido usual de la palabra… era reeducar) llegué a la universidad. Mis padres, con su mejor intención, creyeron que lo mejor para mí sería estar en una residencia porque así no tendría que preocuparme de nada más que de estudiar.

Me daban de comer fatal allí. Y, ya que me daban de comer fatal, yo lo remataba comprándome donuts, chocolatinas en el cine… No dormía bien porque las chicas de la habitación de al lado no me dejaban. Tuve problemas familiares, malas notas, las amigas que había hecho a principio de curso dejaron de hablarme cuando dejé de vivir en la residencia. Empecé a comer cuando estaba triste, cuando estaba aburrida, cuando estaba frustrada. Entre unas cosas y otras gasté mucho dinero ese año y mi padre empezó a enviármelo con cuentagotas.

Y engordé, engordé mucho.

Intenté alguna vez volver a comer los menús de Montse, pero mis fondos no me permitían tantos pescados y verduritas. Las veces que se me ocurrió comprar unos billetes de autobús para ir a visitar a unas amigas a Madrid, por ejemplo, tuve que pasarme una semana entera comiendo pasta o arroz porque no me llegaba el dinero para otra cosa.

Intenté otras dietas alguna vez (fui a Naturhouse, por ejemplo), pero no funcionaron. Por muchos motivos (la escasez de fondos siempre entre los primeros) pero creo que, sobre todo, porque no creía en ellas. Después de Montse era incapaz de tener delante de mí a un tío que me prohibía comer arroz, patatas, pasta y legumbres. O que me reñía porque había tomado un té con dos rebanas de pan tostado integral con una cucharada de mermelada a las cinco de la mañana al levantarme a estudiar y a las ocho mi desayuno normal.

El caso que es que salí de la universidad con 40 kilos más de los que pesaba cuando entré. He vivido muchas de las cosas que Pétalo comentaba aquí. Y, sobre todo, muchas veces me ha dolido como una bofetada recordar algo que hace diez años le dije a mi madre recién salida de la consulta de Montse.

Nos cruzamos con una señora obesa. Se me abrieron los ojos como platos y medio horrorizada le dije:

– No sé cómo hay gente que está así con lo fácil que es adelgazar.

– No, no es tan fácil. Y cuanto más pasa el tiempo y mayor eres, más cuesta.

No, no es fácil. Porque si lo fuera yo no habría llegado a engordar tanto. La cuestión es que ahora que tengo trabajo tengo la esperanza de poder comer decentemente, de ser capaz de pagar esa comida. Y si comer bien supone salir menos o no viajar, lo aceptaré de buen grado.

Llevo casi dos semanas haciendo lo que Montse me dijo hace diez años que hiciera. Estoy comiendo de todo, me siento genial… feliz, con energía… y como muchas más veces al día de las que estaba acostumbrada últimamente. Llevaba tanto tiempo sin comer postre de ningún tipo que los yogures naturales me saben a gloria bendita.

Y ayer me pesé y descubrí que he adelgazado 1,5kg en la última semana. Comiendo. Comiendo bien.

Por fin he llegado a donde quería llegar.

Yo no soy médico, ni enfermera, ni nutricionista. Pero tengo mi sentido común y las enseñanzas de Montse (aunque estos años no las haya seguido no las he olvidado jamás) grabadas a fuego. Y necesito decir algo.

Las dietas milagro no existen.

Dejar de comer pasta, arroz, patatas y legumbres durante x tiempo para adelgazar o para adelgazar más rápido solo consigue dos cosas: que en cuanto empieces a comer normal vuelvas a engordar y, la mayoría de las veces, que pases tanta hambre que dejes la dieta.

Me parecen una absurdez y una gilipollez la dieta de la piña, la de la alcachofa, la del doctor nosequé y la del doctor nosecuántos, el pasarse días sin comer bebiendo zumo de nosequé. Las operaciones bikini en general.

Pero, lo dicho, yo no soy médico, ni soy nutricionista. Mi experiencia personal y mi sentido común me dicen que todas esas cosas son gilipolleces y que no sirven y que no son buenas. Para mí lo que funciona es comer de todo con moderación, comer cinco veces al día y beber al menos 1,5 litros de agua al día. Pero yo no soy quién para decirles a los demás lo que tienen que comer.

Esto lo digo porque en la cocina de la ofi he oído conversaciones a veces que dan auténtico pavor. En los ocho pisos de estudiantes en los que viví en Vigo nunca vi a nadie comer tan mal como veo a muchos compañeros. Y me parece estupendo que coman lo que quieran, pero es la leche oírles hablar como si supieran lo que dicen de que es sanísimo comer nosequé fruta justo después de zamparse un montón de tortitas con azúcar porque nosequé de unos ácidos que hacen nosequemás con las grasas. O que para comer sano lo que hay que hacer es eliminar los carbohidratos. Y yo me quedo a cuadros.

Nunca había comido tan mal (y teniendo en cuenta lo que he engordado estos años, es decir mucho) como estos meses en que hice caso de aquello de “allí donde fueres, haz lo que vieres”.

Nunca máis, amiguitos.

Por eso quiero dar las gracias a Montse y su dieta del sentido común. Nada de lo que me dijiste cayó en saco roto, aunque haya podido parecerlo.

Tarde

23 Abr

Me gusta mi trabajo. Me gusta un montón. Sobre todo, me gusta la gente con la que trabajo. Desde que aterricé aquí ha habido un montón de cambios porque unos se han ido, otros han llegado, otros han ascendido… Hace muy poquito quedó un hueco en un puesto de más responsabilidad que el que tengo, uno que me parece el paso lógico a seguir. No soy una persona ambiciosa en el sentido de que me puedan las ansias de dinero y poder, pero sí en que quiero aprender, avanzar, y eso pasa por aprovechar oportunidades como esta, así que solicité el puesto siendo muy consciente del reto que supone ya solo la entrevista. Pero contenta porque en mi empresa siempre lo van a ver como algo positivo, no como un “ha llegado hace dos días y ya se cree la reina del mundo” y porque cuando pasas por esta experiencia siempre te dicen qué has hecho bien y qué no, aunque no te cojan, para que aprendas y estés más preparado para la próxima.

Tenía esa entrevista hoy a las nueve de la mañana. El tranvía tardó siglos en llegar, perdí el tren y llegué veinte minutos tarde (porque cogí un autobús, si no habría llegado 45 minutos tarde). No sabéis cuánto deseé que se me tragara la tierra. O no haber solicitado el puesto. Porque lo que siento no es no conseguirlo, es haber dejado esa horrible impresión, haber hecho que cinco personas perdieran su tiempo. Y me siento más avergonzada aún porque en lugar de mandarme a la mierda han hecho encaje de bolillos para mover mi entrevista para mañana porque mi supervisora quiere darme esa oportunidad, porque quiere que pase por esa experiencia.

Me he pasado el día muerta de vergüenza y sintiéndome fatal, pero no es con eso con lo que quiero quedarme hoy.

Quiero quedarme con que Bartek me vio entrar con la supervisora en una sala de reuniones y salir de allí en unos pocos minutos, se quedó extrañado, le preguntó a Monika y ella le dijo que había llegado tarde a mi entrevista y seguramente hoy estuviese un poco hecha polvo… y él me abrió una ventanita en el messenger y me dijo que me fuera a desayunar con él y trató de hacerme sentir mejor. Con que Monika se mostró más que dispuesta a cambiar el turno conmigo mañana para que llegase a la entrevista. Con que Olga trató de consolarme también. Lo mejor de todo es Monika y Olga también han solicitado el puesto. Y, cuando has estudiado en una universidad en la que había gente que arrancaba los carteles en los que se anunciaba su profesora particular de alemán para negarles a otros la oportunidad de mejorar, esas cosas se valoran. Mucho.

Mi supervisora me ha dicho hoy que, si no me hubiera conocido, probablemente no me habría concedido esta segunda oportunidad, pero que me conoce y por eso quiere que la tenga. Supongo que, pese a la horrible impresión que uno causa llegando tarde, algo se queda también de esas veces en las que te ofreces voluntaria para hacer algo que nadie más quiere, las que te quedas después de tu hora sin necesidad de que te lo pidan para ayudar a un compañero… hasta todas esas veces que preguntas “¿cómo estás?” y te quedas suficiente tiempo esperando para oír la respuesta.

Por todos ellos, me gustaría dar mañana con las palabras mágicas para, como me dijo Bartek esta mañana, “kick their asses… but not literally!”

Esperanza

22 Abr

Sé muy pocas cosas de mis abuelos y es algo que me da mucha pena. Por circunstancias de la vida nunca he pasado mucho tiempo con ellos y las visitas se han ido espaciando en el tiempo cada vez más a medida que me hacía mayor. De niña recuerdo que una de mis abuelas me contaba historias de cuando era pequeña y a mí me encantaba, pero después, cuando fui creciendo, me parecía impertinente aparecer por su casa e interrumpir cualquier conversación, por intrascendental que fuera, para pedir que me contara más cosas. Y me temo que, en general, nadie en mi familia ha sido mucho de contar su historia. Mis padres solían contarme las trastadas que hacían de pequeños (especialmente mi madre, mi padre siempre hacía más hincapié en lo  formal y buen estudiante que había sido), a mi padre le encanta recordar aquella época en que (siempre según él) traía a todas las chicas locas… pero nunca he conseguido que mi madre me contara, por ejemplo, si había tenido más novios además de mi padre. Me da pena porque me encanta que me cuenten cosas, saber cómo eran, qué querían, qué sentían… pero en el caso de mis abuelos esa falta de información es mucho mayor y mucho más triste.

Mi abuela Esperanza murió la semana pasada y todo lo que puedo decir de ella es que le encantaba hacer ganchillo y ver las telenovelas que ponen en TVE después de comer. Que siempre le gustaron mucho las plantas y hasta hace unos pocos años, solo con ver una foto de una, era capaz de decirte su nombre y cómo debías cuidar de ella. Que era muy devota de la virgen de Fátima y siempre le pedía que nos diese salud y nos fueran bien los exámenes. Que, antes de que se fuera a vivir con mi abuelo a casa de mi tía, siempre tenía preparadas en casa unas bolsas con gominolas y chocolatinas para cuando íbamos de visita. Y siempre nos pedía que le dejáramos algunas gominolas a mi padre, porque sabía que aquellas en concreto le gustaban. Le gustaba muchísimo Chenoa y Bisbal también, al principio. Cuando él la dejó mi abuela aprovechaba cualquier ocasión para ponerlo verde… era como si hubiera hecho daño a una de sus nietas. La casa de mis abuelos parecía un bazar: estaba llena de figuritas, relojes, plantas (tanto de verdad como de plástico) y trastos varios.  De pequeña siempre quiso una muñeca pero no pudo tenerla y hace unos años, por Reyes, le regalaron la muñeca de la infanta Leonor y la miraba como si fuera el mayor de los tesoros.

También sé, por los trocitos de información que he ido recopilando aquí y allá, que era cinco años mayor que mi abuelo. No estoy del todo segura, pero creo que se casó alrededor de los 30 años. Tuvo dos hijas, cinco nietas, un nieto y dos bisnietos. En su casa eran 12 hermanos. Su padre era muy alto y su madre muy conocida en la zona porque bailaba muy bien. Su madre salió de extra en la película Marianela y, cuando murió, la noticia salió en el periódico (ya os digo que era conocida). Durante la guerra, o justo después, pasaron mucha hambre en su casa. He oído que alguna vez tuvo que comer mondas de patatas. Y que su padre estuvo en la cárcel por pertenecer a un sindicato y que, como no tenían para comer, su madre una vez salió a pedir a la calle y le dio tanta vergüenza que no pudo hacerlo y volvió a casa con un ramo de flores. Conoció a mi abuelo en Salamanca cuando fue a trabajar allí y después volvieron a Asturias, se casaron y él empezó a trabajar en la mina. Creo que en más de una ocasión tuvo que correr delante de los grises, por protestar por la situación de los mineros.  Aunque yo siempre la he conocido como una señora mayor, sé que era muy guapa porque la he visto en fotos.

Ha vivido 91 años. No tuvo una vida fácil, pero estoy segura de que fue muy feliz. Y yo, lo que más siento, es no saber más cosas de ella. No haber preguntado nunca cómo conoció a mi abuelo, cuánto tiempo fueron novios antes de casarse, si le gustaba Salamanca, a qué le gustaba jugar de niña o si ella también sabía bailar como su madre.

Pero, aunque haya muchas cosas que no sé, hay otras que van a estar siempre en mi memoria. Y, por eso, aunque Esperanza se haya ido, yo no la pierdo.

El (des)arraigo

21 Abr

Hace unos días Mirichán preguntaba sobre el (des)arraigo. Sentía curiosidad por saber dónde sentimos que está nuestra casa ya que, ella, por mucho que haya vivido en otros lugares, siente que su casa está en Asturias.

Supongo que no llevo el suficiente tiempo en Cracovia como para contestar a esa pregunta. Puede que lo a gusto que me encuentro aquí sea tan solo una ilusión. Pero, por otra parte, dejé Asturias en 2002 cuando me fui a estudiar a Galicia. Así que, aunque no tan lejos, creo que llevo el suficiente tiempo “expatriada” como para responder.

Resulta duro decirlo pero, durante años, no he tenido casa. Quizá esto no le pasa a todo el mundo pero, en mi caso, cuando dejé la casa de mis padres para irme a la universidad la perdí por completo. Estudiaba lo suficientemente lejos como para que fuera impensable volver solo para un fin de semana. Y en mi casa había mucha gente y poco espacio, así que cuando volvía en Navidad, Semana santa o verano, me encontraba el armario lleno de cosas de otras personas: la ropa de cazar de mi padre, las gaitas de mis hermanos, calzado que ya nadie utilizaba pero estaba nuevo y daba pena tirar. Mi madre se pasaba los veranos chillándome cada vez que se tropezaba con mi maleta o con mis apuntes por ahí pero ¿dónde iba a guardar mis cosas si ya no había espacio en mi armario? Mi hermana pequeña era una nómada en casa de mis padres. La habitación que yo compartía con mis hermanas tiene dos camas nido. Y el que ella durmiera en una cama o en otra dependía de cuántas estuviéramos en casa, porque habría sido un poco estúpido sacar todos los días una de las camas de abajo si ella estaba sola… así que cuando nosotras llegábamos, la pobre nómada tenía que cambiar de cama. Yo dormía en la misma cama siempre, sí, pero no tenía espacio en el armario y todo cambiaba a mi alrededor de una visita a otra. Los libros que había dejado en la estantería seguían ahí, pero siempre en otro sitio, rodeados de los libros de mi hermana y de objetos que yo no reconocía: figuritas, pendientes, muñecos, pósters, fotos y accesorios varios que fueron entrando en casa durante mi ausencia. Además de todo eso, me costaba reconocer como mío un lugar en el que no podía tener la libertad a la que estaba acostumbrada. Si mis hermanas llegaban con ganas de dormir, tenía que apagar la luz. Si yo estaba ya durmiendo y ellas llegaban de fiesta, me despertaban haciendo ruido mientras buscaban el pijama y, sin darse cuenta de que yo solo quería dormir, empezaban a contarme toda clase de cotilleos. Mis padres fuman. Mucho. Y como están en su casa, pueden hacer lo que quieran. Así que fuman sin descanso, sin importarles si están en el salón, en la cocina o en el baño. Toda mi ropa (mis vaqueros, mis camisetas, mis pijamas, mi abrigo, mis toallas, hasta mis bragas) olía a tabaco. A veces me pasaba los días tosiendo y estornudando. Cuando vivía en casa de forma permanente estaba acostumbrada a eso. Yo formaba parte de la rutina diaria. Todos veíamos la misma serie después de cenar, antes de irnos a dormir. Luego me fui de casa y todo cambió. A nadie le gustaba lo que yo quería ver en la tele. Yo detestaba lo que veían ellos. Y, por todo eso, aunque es mi familia y los quiero a todos, su casa ya no era mi casa.

Pero Vigo tampoco era mi casa. En muchas ocasiones los pisos de estudiantes eran lugares fríos que no podías sentir como un hogar, por mucho que te empeñases en comprar unas cuantas cosas bonitas para tu habitación. Otras veces era diferente, vivías con gente estupenda a la que le importabas y que compartía cosas contigo. Entonces era más fácil. Pero siempre faltaba algo. El piso de Vigo siempre era más mi casa que la casa de mis padres. Allí yo tenía cierto poder de decisión. Mi habitación era mi reino. Y en lo que concernía a las zonas comunes del piso, las decisiones se tomaban entre todos.

Pero echaba de menos Asturias. La echaba tanto de menos que a veces, si estaba un poco sensible, escuchaba a Víctor Manuel y rompía a llorar. Vigo es hermosa a su manera, azul, como el mar. Después de unos cuantos meses, de repente, yo echaba en falta el verde y las montañas. Echaba de menos el acento de Mieres que se le pega a mi madre cada vez que habla con mi tía por teléfono. Echaba de menos ciertas palabras que solo oía en casa de mis padres, en mi pueblo, a mis amigos de Oviedo. A veces me daban ganas de llorar porque nadie sabía qué era una casadiella y no me entendían si decía balde, tajalápiz, arto o folgueira. De pronto no soportaba que me dijeran que tenía el pelo rizo y no rizado. Y necesitaba respirar aire puro, pasear entre prados verdes en lugar de bloques de edificios, el cocido de fabas, patatas y berzas de mi madre.

De todas formas, uno se acostumbra a todo. Después, cuando llevaba más de una semana en casa de mis padres, me moría de ganas por volver a mi habitación, por meter toda la ropa en la lavadora y dejar la maleta ventilando en el balcón, por sentarme en el sofá a ver las series que me gustaban con mis compañeras de piso, de pasear por Gran Vía, Urzáiz o Príncipe y ver gente (en mi pueblo, sobre todo en invierno, solo faltan los rastrojos esos que salen rodando en las películas del oeste). La primera vez que viví en Cracovia, entre octubre de 2008 y junio de 2009, aunque me encantaba estar aquí, también llegó un momento en que lo eché de menos. Echaba de menos cosas que nunca habría pensado: oír hablar gallego, las señoras que se subían al autobús con los grelos saliéndose de la bolsa de la compra, las chicas de la universidad quejándose del frío a 14ºC. También eché de menos Asturias, aunque no con la desesperación con la que lo hacía estando en Galicia.

Y luego volví a España. Volví a pasar dos cursos en Vigo y vacaciones en Asturias. Y me volvió a pasar lo mismo, con la diferencia de que esta vez también echaba de menos Cracovia. Las hojas secas en octubre, el río, el castillo, Rynek, la nieve, el frío, el sol en junio, los niños del colegio, mis amigos, las cervezas de medio litro, los tés, los tranvías, los parques, alguien que entendiera las cuatro cosas que sabía decir en polaco, pierniki, pierogi… y tantas otras cosas.

Teniendo esto en cuenta quizá podría decirse que en realidad no tengo casa. Que no tengo hogar desde los 18 años. O que tengo varios. Pero, en el fondo, yo creo que la casa de uno es el lugar donde se siente seguro, tranquilo, feliz. Yo soy quien soy por las personas que he conocido y también por los lugares en los que he vivido. He crecido comiendo fabada, tortilla de patatas, requesón con miel de brezo, frixuelos en Carnaval y casadielles en Navidad. Y después conocí el lacón con grelos, un repollo diferente al que hacía mi madre, la zorza, la bica y las empanadas de bacalao con pasas. Y más tarde llegaron el kompot, los pierogi, los ogórki hasta para desayunar, la omnipresente kapusta, las zapiekankas. Me he emborrachado con crema de orujo, con sidra, con licor café, con albariño, con cerveza y con vodka. He vivido en las montañas, junto al mar, y al lado de un río precioso. Y todas esas cosas, y esas experiencias, me han hecho quien soy ahora. Y en ocasiones las echo de menos. Pero mi casa, mi hogar, es ese sitio donde estoy segura, tranquila, feliz… Y ahora mismo es Cracovia. Tengo muchos motivos: estoy irremediablemente enamorada de este lugar, aquí tengo un trabajo que me encanta y me ha dado la oportunidad de ser libre, de ser yo misma. Y aquí tengo un pequeño refugio, un sitio en el que soy reina y señora, donde yo decido, donde yo pongo las reglas. Aquí no tengo padres ni hermanos, ni compañeras de piso que vuelvan de las rebajas enseñándome sus compras con grititos de alegría, no hay pulpo  ni albariño, no hay sidra ni empanada de manzana, no hay mar, no están mis montañas… pero es mi casa.

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